Apertura del acto.
La cita fue ayer en la Librería +Bernat, donde Pepe Ribas entrevistaba a Enrique Murillo sobre sus (anunciadas como muy indiscretas) memorias con detalles desde dentro sobre los entresijos del mundo editorial, “Personaje secundario” (Trama Editorial, 2025).
Pepe Ribas, algo apagado, aunque al final, con el cierre del acto, se le veía que iba entrando en calor, tras pedir excusas por su estado algo grogui debido a lo que llevaba dentro para contrarrestar un accidente de coche muy reciente, leyó un escrito que había preparado, en el que dio alguna pincelada sobre temas que luego pediría profundizar, habló de tres sitios, según él, que fueron fundamentales para Murillo (la Universidad de Pamplona, Londres y un pueblo sin luz ni agua corriente a donde fue a vivir con la pintora Fé Blasco) y tras mencionar, eso sí, que el libro contenía dosis de sútiles cuchilladas, se deshizo en tanta alabanza que llegó a escamar a Enrique Murillo, quien dijo se esperaba hubiese sido más vitriólico.
Pepe Ribas pasó luego a ir incitando a Enrique Murillo con personajes, momentos o temas, a lo que éste dio amplia y argumentada respuesta con relatos que rápidamente atraparon al auditorio. No he leído aún el libro, cosa que desde luego prometo hacer de lo más encantado, porque voy tras él desde que sé de su existencia, pero si explica mínimamente las cosas de la forma en que lo hizo ayer su autor, tiene el éxito asegurado. Me fue imposible retener todo lo que llegó a explicar, que además supongo debe estar desarrollado en el libro, pero anoto a continuación alguna cosa de su extenso y pormenorizado relato.
-Formación. Fue al mismo colegio que Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas (que estaba en primera fila), pero salió de ahí, según sus propias palabras, tan zote como había entrado, pues sólo recuerda que se empeñaban en que leyeran el Libro de España, formado de fragmentos cortados a hachazos de El Quijote y otros libros allí recopilados para demostrar que España era la mayor potencia cultural del mundo. Pero rápidamente agregó que por suerte cayó enfermo con cierta frecuencia y entonces si podía dedicarse a lo que le gustaba, esto es, a leer las aventuras de Guillermo, Julio Verne y demás.
-A Pamplona para estudiar periodismo: En una Universidad llena de alumnos del Opus, sin ningún interés, tubo la suerte de encontrar a otro alumno que también leía: Feliz de Azúa. Pero además, insospechadamente, además de hacer sus pinitos como poeta y convertirse ahí en un lector compulsivo, de las clases de un par de buenos profesores aprendió qué era la democracia y cómo se podía combatir el fascismo.
Londres. Gracias a Félix de Azúa conoció a muchos amigos suyos escritores que le fue nombrando Pepe Ribas, pero aseguró que, como él sí “tenia que ganarse la vida”, poco. Sí le convenció de ir a Londres, con billete de ida y vuelta pagados por su padre, pero con la necesidad de trabajar de lavaplatos, camarero y todos los empleos imaginables para poder pagarse la estancia… y traer luego libros en inglés.
No sé si tras un salto en el tiempo, tras hablar de que durante su estancia en la mili en Zaragoza conoció y trabajó con Antonio Maenza en su “El lobby contra el cordero” (1968), gracias a sus -según él más supuestos que reales- conocimientos del inglés, entró en el Tele Exprés como traductor del New York Times y, con el tiempo, participar en su página de Cultura.
Barral. Gracias a Félix de Azúa, que lo introdujo a Barral, entró luego, también gracias a su aún incipiente inglés, a hacer informes de lectura en Seix Barral. Y allí, mencionó con una sonrisa, “tuve mi primera lección sobre por qué se publican los libros”. Al parecer Barral, lejos de abroncarlo por el informe negativo sobre una novela “social” de la que había dicho que no valía nada, le aseguró que estaba completamente de acuerdo con su opinión, pero que la iba a publicar porque “era de un compañero de viaje”.
Más Londres. Volvió a Londres como locutor, donde pasó cinco años, aprendió definitivamente inglés y hasta asistió a clases de doctorado, presentando la tesis después de siete años, por tener que combinar su elaboración con otros trabajos para ganarse la vida.
Anagrama. Al poco de entrar a trabajar -siempre sin contrato- con Herralde, explicó que notó que tenía mucha autoridad en esa casa. Llegó a sus manos “La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole, y defendió a Herralde que ese libro se vendería muy bien, porque había pescado a los españoles en época de su desencanto, y lo que el libro aportaba, tan contrario a las normas de una sociedad sumamente aburrida, era lo que necesitaban: reirse. Como se sabe, fue el libro que más se vendió en la editorial.
En Anagrama descubrió otra de las cosas que, como allí las cuenta, están haciendo del libro la comidilla de todo el mundo editorial. Participó como lector para una edición del Premio Herralde de novela. Le presento a Herralde el único libro de los presentados que, a su juicio, tenia la calidad necesaria para ser premiado. Ante su asombro, abrió ahí mismo la pica que, teóricamente, guardaba el secreto sobre quién era el autor y surgió el nombre de Álvaro Pombo. ¿Te suena?, le preguntaba Herralde, dudoso de darle o no el premio. El entonces tan necesitado de ser publicado Pombo, que hasta había llegado a escribir una novela que no le interesaba nada para presentarla al Premio Planeta, pasó a ser por un tiempo escritor de Anagrama. Y, en uno de sus comentarios que hicieron la salsa de la sesión de ayer, Enrique Murillo explicó que eso mismo que le pasaba a tan buen escritor como Pombo está pasando hoy en día: poténciales buenos escritores tienen casi imposible publicar su obra.
Hasta 1988 combinó su trabajo de traductor con el de lector y escritor en prensa, lo que le suponían 12h diarias, más otras ocho los sábados, porque necesitaba el dinero que le procuraba todo ello. En estas le llego una oferta, muy bien pagada, para llevar la revista “El Europeo”. Fue a decirle a Herralde que si le hacía el contrato que nunca le había hecho, seguiría con él, pues el que hacía en Anagrams era el trabajo que realmente le gustaba. Pero Herralde, en vez de ceder y hacerle el contrato que pedía, se enfadó con él y rompieron.
Tras El Europeo, donde utilizó sus contactos en las editoriales en las que había trabajado, pasó por Vogue y, más tarde, El País, para llevar ahí primero el suplemento de Libros, y más tarde el de cultura, Babel (que ese es el nombre que propuso, y no eso de Babelia).
Explicó varias anécdotas para evidenciar el malestar que llegaba a tener en su trabajo en el diario por una dirección que no tenía, pese a las apariencias, ningún interés en la cultura, hasta que finalmente tuvo unas entrevistas (mantenidas en secreto como si de un protagonista de esas novelas de intriga que tanto le gustan se tratara) para pasar a llevar Plaza Janés, que acababa de comprar Bertelsmann, descubriendo las enormes pérdidas de la anterior gestión, que querían a toda costa recuperar.
Fue allí donde descubrió por casualidad, en un armario, además de que la editorial tenía un ratio de devoluciones del 80%, las pruebas de que al menos Plaza Janés, y posiblemente todas las editoriales, falseaban las cuentas de forma que pagaban mucho menos de lo estipulado a sus autores. En una carpeta vio que todos los documentos de resultados con los escritores tenían dos cifras. Una, en lápiz, era la tirada real que habían hecho de su libro; otra, la tirada -inferior- que le comunicaban. Según comentó ayer, otras editoriales aún hacían algo peor: le decían que habían vendido muchos menos libros que los reales. Me figuro la frustración de de los autores, al ver las liquidaciones.
Como Bertelsmann tenía unas pérdidas enormes que querían recuperar, además de buscar editar buenos libros de buenos escritores, que también, debía contratar libros que vendieran. Por eso, en esa época la editorial vendió los libros de Vilallonga sobre el rey y la reina, un libro de Salman Rushdie u otro de Isabel Allende sobre su hija Paula, moribunda en un hospital. Para cada uno de ellos elaboró una estrategia de marketing diferente, pero muy productiva, combinando la aparición del libro con grandes entrevistas y portadas de diferentes medios.
Los libros del Lince. Por último Enrique Murillo lanzó un crowdfunding avant la lettre con sus familiares y amigos y creó su editorial. En ella, según explicó, se limitó a aplicar su regla de siempre: editar novelas con una buena historia, bien narrada. Previamente había dicho que éste es el talón de Aquiles de la gran mayoría de escritores españoles, que saben contar, pero no narrar. Un poco lo que me está pasando a mí con esta larguísima reseña de presentación de libro.
Para terminar hizo mención de la carta abierta al Ministro de Cultura que recientemente ha escrito en El Periódico, pidiéndole que tomara cartas en el asunto y convocara a todo el sector del libro a una reunión para ver de, entre todos, poner remedio a la -según explicó- catastrófica situación, que lleva a todos hacia el abismo.
El tema se centra en la enorme avalancha de libros lanzados por las editoriales, superando de largo no tan sólo la capacidad lectora, tan baja, de los españoles, sino la propia capacidad de la editorial para cuidar como deben todos los libros que sacan. Lo más grave es que esta avalancha no es más que una huida hacia adelante, para tener unos ingresos actuales ante unas ventas que no se realizarán nunca, porque la tasa de devoluciones que efectúan las librerías antes de tres meses es enorme.
Por si eso fuera poco, que no lo es, las editoriales están sacando cantidad de libros de autoayuda (lo que él llama “libros de las virtudes del ajo”) y libros de instagramers. Estos acaban siendo realmente escritos por empleados de las editoriales, dando resultado a unas lecturas que, de producirse, ahuyentan seguro a sus lectores, decepcionados, de su eventual lectura futura de otros libros, esos sí, buenos.
Al final, aunque no cuadraba nada con casi todo lo explicado, no pude retenerme y le pregunté por su participación en la película de Antonio de Maenza, una rarísima avis de cineasta de finales de los 60. Él explicó que aportaba su cámara Bolex para el rodaje, y que llegaron a grabar a la policía actuando ante una manifestación delante de la Universidad. Fue un momento de peligro evidente, porque se las podía cargar de lo lindo, ya que como soldado haciendo la mili iba con el uniforme militar, que resolvieron velando la película entregada a la policía que los podía comprometer.
También habló entonces de la excepcionalidad de Antonio Maenza, de quien explicó era de familia falangista (le habían puesto el nombre, en realidad, de José Antonio), pero en ese momento quien más tomó la palabra fue Enrique Vila Matas, incorporándose en su butaca ante el súbito recuerdo de su juventud: por aquel entonces era responsable de la escritura de una sección del Fotogramas -aún ni Nuevo Fotogramas- que dio título del invento: Cine Undergrownd.
Pepe Ribas leyendo el papel que había escrito para la ocasión, ante el regocijo de Enrique Murillo.
Calmado, sin perder el hilo, recordando varios momentos claves de su vida editorial y personal.





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