Leído el último libro de Patricia Almarcegui, veo que pueden verse en él, pese a su reducido tamaño, al menos tres libros diferentes, que se engarzan entre sí.
Leyendo el primero de ellos puedes enterarte de la historia del bueno de Mohamed, el más destacado dromedario de los que aparecen. Por explorar, llegamos hasta su nacimiento en el norte de África, partiendo de escenas de su senectud. No negaré que acabas, aún con su carácter a cuestas, tomándole una buena dosis de cariño. El dromedario, además, te permite recorrer un interior de la isla de Mallorca aún no tocada por el maná (y a la vez veneno) turístico.
Un segundo se adentraría por ese proceso de desarrollo turístico de Mallorca, éste enfocado sobre todo gracias a una de las muchas postales atesoradas en el Archivo Planas, procedentes de las acumuladas durante su historia empresarial por la engrasada cabeza del fotógrafo Josep Planas.
Y el tercer libro que destaco del pequeño volumen es el producto de la estancia de la autora en el silencio de su estudio -o quizás en su vecino jardín menorquín- para, estrujando su cerebro y su lenguaje, hacer un compendio y resumen de las ideas extraídas de las obras leídas y escritas por ella misma sobre el viaje y, especialmente, sobre el Orientalismo como empuje hacia el mismo.
(Patricia Almarcegui. Treinta mil dromedarios. H&O Editorial, 2026)

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