miércoles, 3 de julio de 2019

Cartas a los Jonquières


Ayer acabé de leer las “Cartas a los Jonquières” (Julio Cortázar, Alfaguara, 2010), un libro que ha resucitado en mí la pasión con la que había leído, hace ya mucho tiempo, tanta cosa de Cortázar, dejándome ese poso que dejan las buenas experiencias lectoras.
Como se explica en el excelente prólogo (quien haya sentido alguna vez algo con la lectura de Cortázar y dé con él no podrá dejar de leer el libro, que desde luego no le decepcionará), los Jonquières se instalaron en 1959 en Paris y la vecindad acabó con el exhaustivo régimen de correspondencia que Julio Cortázar había mantenido con su amigo Eduardo Jonquières desde su venida a Europa a principios de la década. Las cartas son a partir de entonces más esporádicas y pierden buena parte de su intensidad, lo que al apreciarlo durante la lectura me ha ocasionado, no quiero ocultarlo, una cierta desilusión.
No obstante, esa sensación ha durado poco tiempo, justo para adaptarme a otro tipo de relación por carta y, amante como soy de las elipsis cinematográficas, encontrar en ellas un nuevo y poderoso aliciente. En esa etapa, que se extiende hasta un año antes de su muerte en 1984, cada carta te supone una reconstrucción mental por la que debes hacerte la idea de que por el medio han ocurrido cosas esenciales en su vida como, por ejemplo, su separación de Aurora o pasar a vivir con sus últimas mujeres.
En este sentido, la preocupación política de Cortázar, que centró tanto su actividad en sus últimos años, está mucho menos presente que otras cuestiones. En parte también porque ya sabía que Jonquières no le acompañaba demasiado en ese sentimiento, como deja claro en una carta anterior.
Me he ido haciendo durante la lectura un índice alternativo, anotando en cada uno de sus apartados (guía de Paris, pintura, sobre la propia obra, nacimiento de los cronopios, sus casas, otros sitios,...) las páginas donde encontrar las frases que más me han interesado.
Utilizándolo ahora, podría haber seleccionado alguna de sus “reflexiones” más profundas, pero opto por anotar aquí una de sus “expresiones divertidas”, que tanto caracterizaban al escritor. Y lo hago precisamente sacando la cita de su última carta, escrita en Managua en 1983, un año antes de su muerte. Me gusta mucho su carácter autoparódico:
“Aparte de eso anduve en expediciones fronterizas que me dejaron débil y destrozado por mosquitos y otros insectos de clara vocación contrarrevolucionaria”.
En las fotos, un par de las encontradas por internet al preguntar por “Nicaragua, Cortázar”, correspondientes a alguno de sus viajes a la zona.




 

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