Aunque siempre he visto este cuadro de Brueghel protagonizado por gente más talludita que niños (siendo eso precisamente lo que le da para mí lo más especial de sus significados), como ya puse el otro día la portada del libro, me puede ir bien para ilustrar la entrada.
He empezado a leer “Horacio Capel. Azares y decisiones” (Doce calles, 2019), las memorias del veterano geógrafo. Me han llegado varias voces que ponen en cuestión su última parte, la más centrada en su actividad profesional, pero que valoran todo su inicio. No sé lo primero, pero coincido en lo segundo. Sus recuerdos de su infancia en Lorca y Albanchez son una auténtica delicia.
En la introducción ha explicado que siempre anima a la gente a escribir sus memorias, porque por acumulación de las de unos y las de otros los lectores pueden llegar a conformar un sólido retrato de una época. Para darles su interés sociológico, se fija en aspectos que denotan su tesis: que en los años 50 se vivía por aquí, en muchos aspectos, actividades que se habían mantenido inalterables desde siglos atrás.
Después de haber hecho mención de una serie de aspectos que dibujan el ambiente de postguerra que aún le tocó vivir (los sabañones, el brasero, la mesa camilla, las perras gordas y chicas, los pobres de solemnidad, los fielatos, el racionamiento, las Santas Misiones en las ciudades, el día del estudiante caído,…) en el párrafo que transcribo se fija en el capítulo de los juegos infantiles:
“El Serenísimo Reino de Murcia estaba, efectivamente, casi siempre sereno, sin nubes, lo que permitía estar mucho en la calle, al aire libre. Era habitual jugar en la calle y en las plazas, en mi caso en la plaza de Colón. Recuerdo los juegos a pillar, a guardias y ladrones, a las canicas, a saltar sobre la espalda de otro niño agachado (pídola o ‘salto del cordero’); o sobre las espaldas de otros niños en fila, el primero apoyado en la pared y los restantes con la cabeza entre las piernas del anterior, saltando los otros sobre las espaldas de ellos al grito de ‘chinche monete, rompe cabezas y encima me tienes’, hasta que no podían resistir el peso de los que saltaban encima. También había algunas luchas a pedradas, de las que conservo una pequeña cicatriz en la frente. Muchos de los juegos que aparecen en el cuadro de Brueghel el Viejo titulado ‘Juego de niños’, de 1560, los he practicado yo mismo o los he visto vivos en mi infancia.”

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