Fue una frase de Pedro Ugarte la que me lanzó, cuando buscaba un libro de historia bien narrado, hacia “Decadencia y caída del imperio romano” (Eduard Gibbon, muy bien editado por Atalanta en 2012) que, con calma, porque se trata de dos volúmenes de unas 1500 páginas cada uno, estoy empezando a leer y a paladear en cuanto se presta a ello.
Ya de buen principio vi que había un notorio paralelismo entre parte de las cosas ahí narradas y las actuales, por más que el libro lo escribiera Gibbon en el siglo XVIII. Como todo lo que habla, por ejemplo, de la asunción por el mismo estamento de poderes que, para que todo ruede adecuadamente, deben mantenerse independientes.
Ahora leo un apartado dedicado a la guardia pretoriana, de la que dice que su “licenciosa furia fue el primer síntoma y la causa de la decadencia del Imperio Romano”. Explica que fue Augusto quien creó este “poderoso cuerpo de guardias en disposición constante para proteger su persona, atemorizar al senado y prevenir o aplastar los primeros síntomas de rebelión”. Él mantuvo en Roma solo a una pequeña parte, pero sus sucesores los colocaron a todos en un campamento permanente en la ciudad. Y dice Gibbon de este poder ya no en la sombra:
“En la lujosa ociosidad de una ciudad opulenta, su arrogancia se alimentaba al sentir su irresistible peso; ya no era posible ocultarles que la persona del soberano, la autoridad del senado, el tesoro público y la sede del imperio estaban todos en sus manos. Para distraer a las tropas pretorianas de estas peligrosas reflexiones, los príncipes más firmes y mejor establecidos se vieron obligados a mezclar órdenes con lisonjas, premios con castigos, a halagar su orgullo, admitir sus placeres, hacer la vista gorda a sus irregularidades y comprar su precaria fidelidad con un generoso donativo (...)”.
Me parece que eso de la decadencia del imperio Romano, que iré siguiendo, va a ser, a partir de ahí, de aúpa. De las sonadas.

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